Como el poeta o el músico, el pintor con su obra desvela lo que hay más allá de las apariencias e ilumina una perspectiva insospechada, una realidad ignota. En un mundo como el nuestro abocado a la inmediatez de las cosas, a la intrascendencia, a la pura reproducción cotidiana, la obra artística deviene salvadora, absolutamente necesaria, ya que, como un demiurgo, revela un nuevo orden.
La poética de Andrés Aión es rica en reflexiones y sugerencias. Sus figuras, sus paisajes, sus naturalezas muertas configuran un texto pictórico repleto de reflexiones. Es una obra densa, untuosa, pastosa, llena de materialidades que entronca con los grandes maestros de naturalezas muertas del barroco europeo, porque a la vez está implementada vigorosamente por la modernidad más estricta.
Su mirada amplifica el contexto cotidiano y lo reviste de un profundo simbolismo. En el universo objetual de Andrés está presente una poderosa voluntad de ser que refleja la presencia de valores intangibles, más allá de la materialidad de sus objetos, así como una aguda percepción de la realidad y de sí mismo.